Muchas de las cosas que leemos en los periodicos tienen su origen en la Revolución Industrial. Y hablo de antropología, no de Historia. Bueno, esto no es nuevo, ya se sabe: primero las máquinas, después la concentración humana en las ciudades, después el trabajo por cuenta ajena, luego los beneficios sociales, la jornada laboral menguante, los salarios mínimos, la clase media, la prosperidad (!), la investigación tecnológica, los ordenadores, la cultura del ocio y.. finalmente el yugo de Dios se ha levantado por fin de nuestros doloridos cuellos de miles de años de aguantar el trabajo duro como forma de expiar el pecado original.
Ya no es necesario un dios, ni con minúsculas ni con mayúsculas, absolutamente todo es explicable, empirizable, demostrable. Y con la caída de lo divino cae también lo espiritual, dejamos de pensar en nosotros mismos y en lo que estamos haciendo aquí para pensar en los objetos que poseemos, en las personas que nos admiran por nuestro dinero, en el dinero que dejaremos a nuestros hijos, y aunque no tengamos nada de esto es igual, la clase media tiene de todo (aunque menos), los aristócratas de hace un siglo se indignarían de que ahora muchas veces es imposible distinguir, en el día a día en la ciudad, a un millonario de una persona promedio. La falta de incertidumbre nos aboca al desastre, como en el fondo todos sabemos pero a nadie le importa. La Historia está llena de ejemplos de civilizaciones que cayeron como se desplomará la nuestra, dormidos en sus mullidos sofás frente a la chimenea, dulcemente cautivos de la falta de valores espirituales, tan incomprensibles e inciertos: los egipcios, los romanos, los españoles, los turcos, los austríacos..
Todo esto es muy obvio. Lo que no lo es tanto es que, a veces, como Robert de Niro en "Despertares" una sencilla chispa de cordura, un destello de lucidez penetra a través de la pátina de comodidad para indicarnos que algo está pasando en nuestras vidas. Y suele ser un suceso desgarrador, primigenio, que destroza los delicados engranajes de los silenciosos motores japoneses que nos hacen andar. Entonces, si ha sido una muerte nos acordamos de Dios, o si es una amante desempolvamos nuestros libros de poesía, o incluso escribimos versos en servilletas de papel. Estos hechos pueden tener carácter irreversible (el Diógenes ex-Wall Street, o el Duque de Feria), aunque suele terminar en que cambiamos de coche o nos abonamos a Digital +, y todo vuelve a ser como antes. Otra vez, como Robert de Niro.
Tengo grabado el recuerdo del primer porro que fumé: tenía catorce años. Me lo pasó Rémulo, estábamos sentados los dos en el hueco de la escalera. El portero se había ido de vacaciones, antes de marcharse solía rociar con insecticida todas las esquinas en raciones de quince días, por lo que al cabo de unos días solían aparecer bichos muertos por todas partes. Aquella noche había una cucaracha muerta dos escalones más abajo y me pilló absorto en su contemplación, hasta entonces nunca había querido formar parte en aquello, las drogas. Fumé dos caladas, me tragué el humo muy hondo, y mientras Rémulo distraía mi atención para naturalizar la gravedad del asunto, la cucaracha tomó gran importancia para mí, fui totalmente consciente de la vida de la cucaracha y de su significado.
-Qué miras -dijo.
-La cucaracha muerta.
-Lleva ahí un par de días - aquello fue como una bola de demolición que hace su trabajo sobre paños húmedos, amortiguando el ruido.
-Tío, no sabemos el valor que para alguien puede tener esta cucaracha muerta. Y a nadie le importa que esté varios días muerta, salvo por que sea sucio que esté ahí.
-¿Un ser superior? - le estaba jodiendo el rollo a Rémulo, así que lo atajó como para tontos - ¿el dios de las cucarachas? Quizás esté cabreado, sí.
Y después me pasó algo que me causó gran impresión, como una cicatriz en el codo, que cuando se seca no duele, y lo olvidé durante mucho, mucho tiempo, pese a que intenté evocarlo sin éxito numerosas veces a lo largo de los años. Jamás me pareció tan importante tratar de acordarme de ello (si lo olvidas, no lo es) hasta que ví la película: la noche de mi primer porro fui transportado por la marihuana hasta el interior de aquella cucaracha allí tendida de manera lastimosa, y percibí el mundo del revés desde la mirada vacua que -imaginé- tiene una cucaracha cuando está muerta en el rellano de un cuarto piso, esperando a ser absuelta, entregada al ciclo biológico, devorada por otras cucarachas en lo más bajo del ciclo biológico, y sentí la importancia de estar vivo, y qué coño, como humano que es mejor.
Ví aquella película en DVD mucho después de su aparición. Me pregunto que hubiera sido de mi vida si hubiera recordado este episodio de mi adolescencia unos cuantos años antes, cuando se estrenó en el cine. Quizás tendría mucho menos dinero, y no hubiese conocido a esta mujer maravillosa, ni habría podido abrazar a mis dos adorados niños. Hubiera termimado lejos de Madrid, huyendo con mis despertares prematuros, y probablemente me hubiera vuelto a dormir, demasiado pronto. De lo que estoy cien por cien seguro es de que no habría perseguido nunca, por el Garaje de mi casa en la ciudad dormitorio donde vivo, una cucaracha en la noche que alquilé el DVD de una peli antigua sobre John Malkowitz.

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